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María Herreros, huésped de la memoria

En su obra, que puede visitarse en la Facultad de Bellas Artes, habita el espíritu explorador y juguetón de Antonio Pérez
María Herreros, huésped de la memoria
Foto: José An. Montero
03/04/2025 - José An. Montero

Estos días coinciden en las salas de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca tres exposiciones muy diversas. Besar el suelo' de Antonio Serrano en la Sala de la Escalera; 'Desamor propio' de Laura Madrid, Bita Rueda, Azulysuave, Zeneida Mané y Elizabeth Cardhu en la Sala Larga y 'Espacios de sueños solitarios' de María Herreros De la Fuente en la Sala Pequeña. Tres exposiciones fugaces que apenas estarán abiertas durante cinco días, únicamente hasta el 4 de marzo.

En estos tiempos donde proliferan exposiciones con poco interés, basadas en copias de copias, encontrarse con esa marmita burbujeante expuesta al fuego creativo de la juventud que es la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, no deja de ser un bálsamo contra el obstinado nihilismo del ser humano.

Hacemos parada en la sala más pequeña, apenas una veintena de metros cuadrados, que sirven como pequeña mirilla hacia el mundo artístico interior de María Herreros de la Fuente, autora de uno de los proyectos ganadores de la edición del año pasado de la residencia artística Trashumancias. "En general, esta exposición juega mucho con la deriva de lo encontrado", nos dice la propia artista. "Cómo te va influenciando todas esas piezas que vas encontrando a lo largo de tu vida, en tu entorno, en tu hogar, fuera de él".

Un pequeño espacio de sueños solitarios, compuesto por un mosaico de objetos intervenidos, que como diría Alba Rico, "¿Qué nos salva? Los nombres: mesa, estuche, pelota, bote, yogur, Pedro. Tocamos con los nombres, no con los dedos, y son los nombres los que nos sacan de la tripa viscosa, del bosque vago y amenazador en el que estamos expuestos al hambre de la alimaña feroz. Lo que nos da miedo es lo que no podemos nombrar. Lobo es todo lo que no tiene nombre".

Objetos atravesados por historias personales. Objetos vividos. Objetos punzantes. "Cada uno tiene su historia. Me gusta poder mostrar composiciones que la gente, al preguntarme, puede descubrir de dónde viene cada objeto, para qué era. Algunos se pierden en el tiempo, otros los recuerdo perfectamente, qué hacía yo cuando los encontré", explica la artista.

La artista confiesa que el título de la exposición surgió a partir de una conversación con su padre, donde hablaban sobre esas pequeñas casas en medio del campo, muchas hechas a partir de trozos de metal o de madera, diminutas estructuras que en algún momento desaparecerán de los sueños de alguien y se quedarán como objetos en medio de ningún lugar.

Uno de los objetos expuestos es una pequeña jaula de madera y alambre con un significado especial para la artista. "Mi abuelo se obsesionó con tener colorines en casa, para que estuviera todo el rato cantando y generando como un ambiente", recuerda. "Llenó una pequeña casa con jaulas bastante simples, bastante antiguas, con materiales pobres, y en todas ellas se escuchaban los cantos de diferentes aves de la zona". Su intención era que el sonido se convirtiera en una decoración viva de la casa.

Frente a la jaula, un pequeño cuerpo de colorín se refugia bajo un marco del cráneo de un gato. Bajo ellos dos cepos de ratones, creando un diálogo entre la vida y la muerte, el tiempo y la memoria. "Me gusta generar comparaciones poéticas y experiencias alejadas entre sí", comenta la artista. "Hay piezas que individualmente pueden no llamar tanto la atención, pero cuando las juntas y compones con ellas, aparecen nuevos significados". La idea de la metamorfosis y el cambio, simbolizada por ejemplo en la pieza de una pierna con chicharras, también juega un papel importante, aportando una dimensión de transformación y renovación que siempre acompaña a la vida.

Durante el montaje de la exposición, la artista pasaba bastante tiempo en la sala, sentada en el centro, leyendo y reflexionando sobre las comparaciones y poéticas que surgían en su trabajo. Estas reflexiones fueron parte fundamental del proceso creativo, como la composición formada por una "pequeña Biblia" abierta por el pasaje de los clavos de Cristo, sobre unas imágenes de guerra. 

María Herreros de la Fuente, de tradición conquense, no puede sino mirar desde el punto de vista de la tierra que respira y siente. En su obra habita el espíritu explorador y juguetón de Antonio Pérez. Qué mejor homenaje para el gran Antonio que sentir su presencia en la obra de jóvenes artistas conquenses. Como escribió el gran poeta Ángel González, "Cualquier rincón de la tierra, / me pertenece, y sin embargo, / sólo soy huésped, / mi paso es breve".